El fin de una era
Estoy muuuuuuy aburrido en mi trabajo, así que aprovechando la ocasión escribo este
relato medio emo para saludar a Chichón, el cual se vá del departamento que ocupamos junto a otra persona a vivir con su minurri.
Los hechos se han cambiado un poco, pero los nombres se mantienen reales, jaja.
I.
Era a finales de 2007 cuando todo comenzó y como de costumbre, nada resultó como lo planeé.
Miré y eran las 8 de la noche (era otoño), me cobijé al alero maloliente de la parte trasera de un supermercado y sequé mis ropas esperando que la lluvia se calmara. Cómo si de una lucha silenciosa con el destino se tratase, asesté mi golpe; sonreí, abrí el periódico húmedo que llevaba en mis manos y probé suerte.
Me encontraba completamente desorientado, sólo tenía claras dos cosas, me encontraba en metro uc y tenía tantas probabilidades de dar con el departamento como de Chile ganar un campeonato de fútbol.
Si de algo sirvió mi educación universitaria fue de siempre ver todas las situaciones de forma metódica asi que, luego de preguntar cuál era la torre san borja (las cuales de un momento a otro se multiplicaron y transformaron en 13 torres) comencé la búsqueda.
Torre seis de trece, por suerte nunca fuí supersticioso.
Finalmente la suerte me sonreía, no puedo negar que me sentí satisfecho y orgulloso... es curioso, pero siempre he pensado que la ley de conservación también se aplica a los sentimientos; todo ese pesimismo se transformó en un sentimiento increíble de alegría, concientemente exteriorizada de manera desmedida con la única intención de que el mismísimo destino, corpóreo, que se encontraba al lado mío lamentase su patética derrota.
Una semana duró la espera, el primero en llegar fue Chichón. Unos días antes me había
contado que se vendría a Santiago por razones laborales me dijo, yo creo que la
principal razón fue porque le tocó programar con agua de lluvia hasta la cintura y se
hartó de eso... aunque nunca lo reconoció.
Nunca he sido muy sociable, y en aquel entonces era aún peor.. de todos modos
congeniamos de inmediato. Fue una suerte tener que vivir bajo el mismo techo con alguien que comparte los mismos principios de correctitud y justicia a la hora de aceptar responsabilidades y pagar las deudas.
II.
Si mis arrebatos paranoicos de independencia le afectaban o no creo que nunca lo
sabré... era un sujeto muy particular, con un ánimo y positivismo inquebrantable y
siempre muy cordial.
Recuerdo incontables jornadas laborales en las que tenía que trabajar horas extras
llegando a eso de las 11:30 pm, o de madrugada.
Eran las 3 am cierto día, siento unos silbidos que imitaban una canción alegre, era él. Lo recibí en la puerta:
- ¿Y de aonde vení a esta hora?, pregunté.
- Dejó de silvar, sonrió y me dijo "de la pega".
- "Jajaja, debes ser el único we*n que sale de la pega a las 3 de la mañana y llega
contento y silvando a la casa", comenté irónicamente.
Su cara cambió levemente, pero siempre alegre respondió:
- "Y que querí, que me achaque?, si me achacara por cada vez que llego temprano andaría
todos los días deprimido po we*n".
Aparentando no oír su comentaro lo reté por ser tan tolerante y aguantar ese ritmo de
trabajo, le dije que el sueldo que recibía no ameritaba tal suplicio y que yo nunca
haría algo así. Lo que nunca sabría que si bien mi reacción fué motivada en parte por la empatía con su situación, también algo de envidia había... envidia por ser tan optimista y tan naturalmente alegre. Por no lamentar su naturaleza de trabajador explotado y simplemente aceptarla de una forma que yo tal vez nunca pueda comprender.
III.
Aunque no teníamos mucho en común si compartiamos el gusto por la buena comida y bebida.
Recuerdo incontables ocasiones de amenas conversaciones acerca de la vida, anécdotas
juveniles y por supuesto, de mujeres.
El tema no era lo importante, sino el placer de compartir experiencias con alguien,
siempre acompañados por un buen ron o de un sabroso plato de comida en el restoran al
que por azar llegamos.
IV.
Hace un mes me dijo que se iría, que llegaba su novia y empezarían su vida juntos acá, en Santiago. Fuimos a visitar departamentos e incluso le ayudé a empacar sus
pertenencias.
Mentiría si dijera que eso me afectó demasiado, es simplemente el curso de la vida, yo mismo algún día me encontraré en su situación y junto a mi mujer seguiremos sus pasos... pero sería absurdo intentar burlarse de quién lee esto y negar que existe un sentimiento de nostalgia.
El tiempo es relativo, a veces un año y medio parece una vida entera.
martes, febrero 05, 2008
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